Allí estaba la cima de la colina que siempre había conocido. 
Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba rápidamente y se asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo anochecer. 
La luna derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, 
el resplandor de Venus y Júpiter se acrecentaba con intensidad 
en el horizonte cada vez mas difuso.